Reflexiones sobre la vida diaria

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Location: Granada, Andalucía, Spain

Soy unchico de 25 años que estudia filosofía, vivo en el Sur de España, en Granada, soy moreno, alto, simpático, atractivo, culto, inteligente y poco modesto.

Tuesday, January 23, 2007

Reflexiones sobre la vida diaria

Relatos Albayzineros
Calle Limón

U
na tarde sombría, taciturna, de esas en las que es mejor sacar los pensamientos a pasear a la calle para que se conviertan en transeúntes experimentados, decidí acercarme al barrio del Albayzín para disfrutar de los claroscuros de luces y sombras de sus angostos y empedrados callejones.
Pasé por la Calle del Beso, bonito nombre, poético, para un callejón destartalado de medio metro de ancho y, callejeando por este laberíntico entramado, sin un rumbo predeterminado sino más bien azaroso, me topé con la Calle Limón. El letrero de la Calle Limón estaba escrito en una vetusta placa de cerámica granadina sobre un muro de ladrillos legendarios del que colgaban malas hierbas ya secas por la extrema dejadez de aquel lugar. Y sobre el muro de matorral mediterráneo, un carmen imponente, un torreón, un balcón con una ventana dos hojas, una abierta, abandonado.
Mi curiosidad me hizo adentrarme en aquella imagen terrorífica y quise experimentar por mí mismo lo que mi intuición me evocaba. Me colé por un gran vano (antes puerta) del muro de ladrillos legendarios y mi sensación fue de desasosiego en un principio, pero por esa especie de instinto masoquista que a muchos nos atiza decidí integrarme más en la espesura.
Me metí dentro del carmen, que estaba completamente abandonado, pero no dejaba por ello de tener su romántico atractivo ruinoso.
Había una evocación, una llamada, que me haría dirigirme a ese balcón misterioso con una de las hojas de la ventana abierta.
Subí por unas escaleras tras cruzar el patio, y una vez arriba me encontré la habitación e repleta de palomas blancas. A pesar de ello estaba limpia. Yo estaba cerca de la ventana, pero había algo que me paralizaba, a pesar de sentir un enorme deseo de mirar por ese balcón. Me costó dar el paso y, vacilante, decidí por fín hacerlo aunque consciente de que la vista desde allí sería algo pavoroso. Se oyó La campana de la Torre de la Vela, marcando las horas, eran las doce. Una ráfaga de viento sacudió mis cabellos y rompió el murmullo de las arrullantes palomas.
Cuando por fin miré por la ventana no daba crédito a mis ojos: aquél balcón era una ventana al tiempo, de pronto la casa era nueva y la Calle Limón estaba transitada por burros y personajes con ropajes extraños, moriscos, árabes, como del S. XV. No hablaban castellano sino árabe, y yo, por una extraña razón que no sé explicarme, los entendía a la perfección.
De repente, me vi a mí mismo con barba y con un turbante, sentado a la puerta de aquel Carmen de la Calle Limón. Jugaba al ajedrez con un tal Mustafá, que era un gran amigo mío.
-Jaque mate –escuché
Y las piezas del ajedrez se desplomaron. Yo caí fulminado como por un rayo y pude ver mi entierro desde aquel balcón: la comitiva, las plañideras y el cortejo fúnebre que me correspondía como Sabio del Reino Nazarí de Granada. Cuando volví la vista hacia adentro del balcón ya no había palomas blancas en la habitación sino un anciano canoso y bajito que me dijo:
-Has visto cómo fue tu anterior vida, no malgastes el presente en los mismos menesteres.
Salí de allí aturdido, irritado, sin comprender muy bien aquello. Al salir por la puerta del muro, tras cruzar de nuevo el patio, dije inercialmente:
-¿Qué tal Mustafá? ¿Echamos una partida de ajedrez?











Calle del Beso

C
uenta una leyenda gitana, que en la Calle del Beso, una vez un chico le declaró su amor pasional y encendido a una gitana guapa, morena de azabache, de la tierra, que le negó su amor. Mas le dio un beso en esa calle. Ése ósculo de brasas encendido, fue la desgracia de nuestro gitanito, que se volvió loco y murió como mendigo, en esa misma calle.
La Calle del Beso es estrecha, muy angosta, y comunica con la Plaza de Porras. Lo cierto es que una noche iba paseando por la Cuesta de San Gregorio y decidí girar a la derecha hacia la Casa de Porras. Había luna nueva por lo que la iluminación era más bien escasa. Me senté en la placeta y me fumé un cigarro mientras olía los aromas de leña quemada y de postreras cenas. Proseguí mi camino. Sin saber muy bien por qué, me di cuenta que estaba en al Calle del Beso. Esa calle es muy estrecha, no cabría ni un mulo, y con un trazado un tanto laberíntico, a la vez que llena de luces y sombras, de claroscuros. Es un callejón donde apenas dos personas pueden cruzarse. Tan sólo se oían mis pasos, luego el agrio alarido de un gato, y después escuché, como venido de lejos, el sonido de una mujer que cantaba una copla desde una ventana. Era “La bien pagá”, pero cantada con una dulzura melosa, mística, ancestral. Miré hacia una ventana y ví una sombra, una silueta, peinándose tras una cortinilla con encajes de ganchillo. Esa voz me cautivaba como el canto de las sirenas cautivó a Odiseo, pero al no estar yo atado, me quedé embelesado escuchándolo. Ella no podía verme, y al ver que se estaba arreglando, decidí esperar bajo su puerta y hacerme el encontradizo.
En efecto, la mujer, de una belleza extraordinaria, salió por la puerta prevista diez minutos más tarde. Yo le pregunté la hora y algunas curiosidades folclóricas sobre el Albayzín. Me dijo que cantaba en una zambra, en el Sacromonte, y me invitó a ir a verla. Durante el paseo pude disfrutar de una conversación animada, amena, vivaz, pasional, era como si me leyera el pensamiento. Las vistas que hay de la Alambra iluminada por la noche desde el camino del Sacromonte eran espectaculares, como un crepúsculo mágico. Llegamos a una zambra, una cuevecilla decorada con objetos pequeños de cobre, por todas partes. Dentro había gente en un círculo de sillas de esparto cantando y tocando la guitarra, bailando, todo improvisado. Esta mujer, de nombre Lola, me presentó algunas personas y me invitaron a tomar asiento entre ellos. Las palmas, los compases, los acordes y punteos, rasgueos, de guitarra, golpes de caja, palmas, gritos y oles se sucedían frenética y espontáneamente. Lola cantó una Soleá, y luego por malagueñas y por rondeñas, por último unas coplas y, para finalizar del todo, “La bien pagá”: “na te debo, na te pido, me voy de tu vera olvíame ya, que he pagao con oro tus carnes morenas, no maldigas paya que estamos en paz, no te quiero, no me quieras, si tu me lo diste yo na te pedí, no me eches en cara que to lo perdistes, tambien a tu vera, yo to lo perdi. Bien pagá, si tu eres la bien pagá, porque tus besos compré y a mi te supiste dar, por un puñao de parné, bien pagá, bien pagá, bien pagá fuiste mujer. No te engaño, quiero a otra, no creas por eso que te traicioné, no cayo en mis brazos me dio sólo un beso, el único beso que yo no pagué. Na te pido, na me llevo, entre esas paredes dejo sepultas, penas y alegrías que te he dao y me diste, y esas joyas que ahora, pa otro lucirán…”. La aclamación de palmas y oles fue espectacular, se notaba que esa mujer tenía duende. La fiesta se prolongó hasta bien entrada la madrugada y decidí acompañar a Lola hasta su casa, para que no fuera sola. Cuando llegamos a su casa, tras recorrer apaciblemente el Albayzín y oír el taconeo de nuestros pasos por el empedraíllo granaíno, tras una conversación profunda, animada e increíble, llegó el momento mágico: nuestras miradas se cruzaron a solas en el silencio de la noche. Un mochuelo ululaba. Nos acercamos y nos besamos. Ella se metió en la casa sonriendo.
Cuando me di la vuelta ví un mendigo en la esquina tirado, me pidió una moneda y me dijo que sabía leer las manos.
-Te espera una maldición ancestral gitana que ha de devorarte por dentro. Me apiado de tu alma, toma un romero para que te dé suerte, aunque no te librará de la maldición.
Al día siguiente volví a por Lola pero la casa donde ayer estaba era un solar yermo, con un túmulo de piedras y un muro medio caído. Aún se conservaba la fachada con la misma ventana. Doblaron las campanas a difuntos y apreció Lola, más modernamente vestida, pero no me conocía. La abordé para darle un beso y al besarme caí fulminado al suelo, demayado.
Me levanté pero mi cuerpo seguía en el suelo y empezó a llegar gente en torno a mi. Pude ver al mendigo y me dijo:
-Debiste saber que Lola es sólo mía.
Y desapareció.


































Cuesta de las Arremangadas


S
ubía por Plaza Nueva y la fisonomía de la ciudad iba cambiando, mudándose, como un camaleón en pleno otoño. Pero era verano, y el calor era sofocante, por lo que decidí pasear por esas calles, ya que sabía que era la zona más fresca de Granada. La verdad, para un transeúnte solitario como yo, hay pocas sorpresas en la vida, pero aquélla tarde, presentía con curiosidad un insólito acontecimiento. Subí por un callejón que hay justo detrás de la Real Chancillería, sede de los tribunales de justicia, la humana, que la divina ya tendrá tiempo de juzgarnos en su momento. El callejón era angosto y empinado, hacia arriba, yendo a desembocar a la Calle San Juan de los Reyes. Allí torcí a mi izquierda y pude ver una cuesta que subía: era la Cuesta de las Arremangadas. Y este singular nombre se debe a que esta zona es un área especial dentro del putiferio granaíno, ya que, la Calle S. Juan de los Reyes es la zona donde más casas de putas hay en todo el Albayzín.
Llevaba tres mil pesetas en el bolsillo, y una gorda me dijo:
-Chicarrón ven con mami –mientras me guiñaba el ojo y me echaba una sonrisa, pero era grotesca y tenía un bigote considerable, estando además, pésimamente vestida y maquillada. La verdad, me causó cierta repugnancia aquella furtiva insinuación, por lo que seguí andando y aceleré ligeramente el paso hacia arriba.
Pasado el trago, seguí caminando, tratando de desterrar aquél adefesio de mi memoria, aquélla grotesca y repugnante caricatura. Pasé por la puerta de otro prostíbulo y esta vez había un grupo de prostitutas en la puerta, tomando el fresco, ya que el calor era sofocante. Una de ellas, la mayor, era rubia de bote, rellenita y chata. Luego había una chica extranjera, quizá cubana, colombiana, no sé sudamericana, algo entrada en carnes y vestida con un chándal fucsia. Por último había una mujer de unos treinta años, morena, con un cuerpo decente y una cara curiosa. De alguna manera me atraían sus profundos ojos lujuriosos pero traté de reprimirlo acelerando el paso. Aquello tan sólo fue una furtiva mirada. Llegado a la ermita de Sta. Inés, me detuve en la vetusta fuente a beber algo de agua y a mojarme la cabeza, el calor era sofocante. Pero me dí cuenta que estaba algo erecto, excitado, y no lograba quitarme esa mirada lujuriosa de la cabeza. Sentía por dentro esa especie de mezcla entre miedo y temor del que siente un deseo que sabe que está mal y lo va a hacer a pesar de que sabe que inmediatamente después se va a arrepentir de tal acto. La prostitución me parece una especie de cosificación de la mujer, una degradación moral, algo sucio, frío e inmoral. Pero seguía sintiendo esa excitación por todo el cuerpo y estaba algo más que nervioso. Decidí volver lo andado y volví a pasar por aquella puerta metálica pintada con una especie de color gris azulado. Allí estaban las tres, ya dentro, pero con la puerta abierta, y, cuidando de no ser visto por nadie, por una especie de súbito impulso, entré en el prostíbulo. Me temblaban las piernas de la mezcla de nerviosismo y excitación.
-¿Te apetece echar un ratico? –me dijo la mayor – Elige, estamos las tres disponibles.
-¿Cuánto cobran? –dije tartamudeando-
-Pues por ser un chico tan guapo te lo dejamos en tres mil.
-Quiero a ésa, la morena.
-Muy bien chico, pero tranquilízate, estás temblando. No te vamos a comer. Se paga por adelantado. Págame y os subís pa’ arriba.
Solté tres billetes de mil encima de la mesa, la madame los recogió y la morena me miró con picardía y cierta complicidad a la vez que una mezcla de desgana. Me condujo por una escalera de escalones empinados, muy estrecha, hacia una habitación con una puertezuela destartalada, con un cerrojo. Había un bidé y un lavabo en la habitación y, el centro, una cama ancha pero muy antigua. Echó el cerrojo y me dijo:
-Lávate cariño, que yo me voy desnudando.
Mis ojos no reparaban en su asombro al ver lo que la cosmética y una sagaz mirada puede ocultar: tenía un cuerpo repugnante, lleno de estrías, y con grandes y caídos, colgantes pechos. Me desnudé e hicimos el amor de una forma frenética y maquinal, fría, anónima, con cierto grado de violencia y falta de tacto, y no conseguía excitarme lo suficiente como para eyacular.
-Córrete ya mi vida –me susurraba ella- Quiero tu leche.
Después vino el orgasmo, y ella me dijo:
-¡Qué bien follas! ¡Si me hubieras follado así sin condón, me habrías hecho un niño precioso!
Nos vestimos y bajé al piso de abajo, con ella, extasiado, y, para recuperarme del sofoco, apenas dije adiós y me fui de nuevo a la vetusta fuente de la Placeta de Sta. Inés. Allí bebí agua y me fumé el cigarrillo de rigor. La verdad, había resultado algo inmoral pero excitante. Volví a repetir la experiencia pero siempre con aquélla mujer morena, y siempre se me olvidaba su nombre, y a ella el mío, a pesar de que nos presentábamos en cada encuentro. No sabría muy bien definir si esto es meramente lujuria, sexo a secas o sexo sin amor, pero bien es cierto que entre los dos había cierto cariño pese a lo pecuniario de la relación en sí. Un día dejó de cobrarme y, al fin, no me encontré a la mujer de mi vida, pero sí una amante perenne que he conservado intacta para el deleite lujurioso de mi espíritu. Locura, lujuria y penetrante mirada de azabache remangada. Locura, lujuria y penetrante mirada en la Cuesta de las Arremangadas.





























El Trueno
C

erca de Casa Pasteles, en Plaza Larga, en una plazoleta que desemboca en el Arco de las Pesas, estaba la peluquería de un genuino albaizinero al que se conocía en el barrio como “el Trueno” por su malafollá. Recuerdo que era un peluquero eficiente, meticuloso, de esos de los de antes, más que un peluquero, un barbero en el sentido estricto de la palabra. Daba miedo ir a pelarse allí y recuerdo que mi padre me llevaba a su peluquería cuando tenía cinco años y siempre me decía que nunca lo llamara “Trueno”, ya que se enfadaría mucho. La barbería del Trueno era de las antiguas, y me daba auténtico pavor entrar allí y verlo afeitar a alguien con la afilada navaja. La silla de pelar mas bien parecía una silla eléctrica aunque conservaba el valor de su vetusta resistencia. Había espejos, cepillos, navajas, escobillas, espumas, y había un rancio olor a Varón Dandy. Yo nunca hablaba cuando me pelaba el Trueno, por miedo, y él ni siquiera era simpático conmigo por ser un niño, es más, me trataba con la seriedad y brusquedad con la que se trataría a un adulto pero estando enfadado, esto es: como un malafollá. Mi padre siempre me decía que no le llevara la contraria ya que podría trasquilarme o ponerse nervioso y cortarme una oreja, lo cual a mis tiernos cinco años me aterrorizaba aún más. Pero el Trueno es entrañable y cuando pasé hace poco y comprobé que su peluquería estaba convertida en una especie de bazar marroquí algo se me encogió en el corazón ya que se ha perdido uno de los personajes más genuinamente albayzineros y malafollás de los pocos que quedaban en Granada. La malafollá es un concepto un tanto difícil de explicar, es un rasgo de carácter, hosco, malhumurado y permanente, un sentido del humor hiriente y sádico, un trato degradante y denigrante, pero con gracia, una especie de sarcasmo folclóricamente popular pero personal e intransferible, agresivo, en fin, para su explicación más detallada remito al lector al libro de Ladrón de Guevara[1]
Imagínense qué tipo de carácter podría tener este hombre para que su mote fuera “El Trueno”, sólo con su presencia acojonaba, incluso en las cercanías de la peluquería o con sólo evocar su recuerdo.
El Trueno llevaba allí toda la vida afeitando y cortando el pelo a los albayzineros y era toda una institución en el barrio.
Con esta breve descripción pasaremos a contar lo que aconteció a continuación; un turista japonés, de esos que lo copian todo en imágenes con una videocámara, iba por Plaza Larga un día de la Cruz[2] cuando sintió curiosidad por la cruz que había allí expuesta. Nuestro amigo Nishimura nunca había visto algo tan colorista y folclórico como aquella cruz, con su mantón de manila, su pero y sus tijeras[3] y todo tipo de abalorios y utensilios de cobre, de cerámica, y macetas, geranios, claveles, hierba en el suelo, y toda esa gente comiendo habas crudas con bacalao, y bebiendo vino. Se acercó para verlo mejor y escuchar las sevillanas y para ver a la gente bailando. Lo grabó en su videocámara y en ese momento no prestó mucha atención pero en esa cruz había también, clavada en el pero, una navaja de afeitar. Era el año en que se jubilaba forzosamente el Trueno, y la Asociación de Vecinos decidió hacer este gesto simbólico en señal de homenaje. Lo que no sabían era que Nishimura era un conocido folclorista en el Japón, y que grababa sin perder detalle pero una cosa se le pasó por alto, la maldición del Trueno. Le gustó aquélla curiosa y vieja navaja de afeitar y en un descuido la quitó del pero y se la echó al bolsillo. Cuando pasó por debajo del Arco de las Pesas vio un relámpago fuera y oyó un trueno en el cielo. Siguió caminando hacia San Nicolás y notó una cierta molestia en la cabeza, como un escozor. Pero no le dio importancia. Cuando llegó a S. Nicolás el muy estúpido se puso a grabar la fachada: “Sancte Nicolae ora pro nobis”. Un grupo de chiquillos lo miraron y salieron corriendo completamente aterrorizados. Se dio la vuelta y siguió grabando la Alhambra, cuya belleza le fascinó, pero no comprendía por qué la gente lo miraba con gesto extraño, lo rehuían sin razón aparente. Sintió sed y se acercó al aljibe a beber agua, y para su sorpresa, en el reflejo pudo verse a sí mismo trasquilado y sin la oreja derecha, con una mancha de sangre, era la maldición del Trueno. . .





El aljibe de San Nicolás

C
uando yo era pequeño, recuerdo que me maravillaba pasar las tardes en S. Nicolás con mis primos, jugando a escalar la parte exterior de la bóveda del aljibe del que manaba un chorro de agua fresca y pura. Recientemente han inutilizado ese caño, lo cual causa un daño irreparable al paseante con cierta memoria histórica, ya que era un agua de una calidad excepcional.
Aparte de esto, comentar, como curiosidad histórica, que donde actualmente se ubica la Gran Mezquita de Granada, junto a la Iglesia de San Nicolás, debajo, soterrada, a parte de las ruinas de un nobiliario palacio nazarí del S. XIV, está la muralla ibera, de unos tres o cuatro metros de alto, que es el origen histórico del barrio y de la ciudad de Granada.
Por último comentar también, que la vista que hay desde el mirador de S. Nicolás, con su placeta de empedraíllo granaíno, es una de las más bellas que hay de la Alambra aunque, contra la opinión del señor Bill Clinton, desde allí no se ve la puesta de sol.
Pues bien, en ese mirador siempre suele haber unas gitanas vendiendo castañuelas a los turistas, es un hecho consumado, son perennes, al igual que el crucifijo de piedra que preside la plaza.
Yo andaba bebiendo agua en el aljibe cuando escuché una voz que me decía:
-Ven…acércate…ven hacia mi.
La verdad es que era como un susurro, pero parecía venir de dentro del aljibe y por tanto curioseé en la trampilla. Tras un ligero forcejeo conseguí abrirla y lo que vi allí fue un musulmán viejo, bajito, con unas babuchas rojas, diminutas, y un manto sedoso, rojo y dorado, así como un turbante con un enorme rubí en la frente.
-Si vienes conmigo te enseño un secreto
Accedí y salté al interior del aljibe. Era como una enorme catedral inundada, apenas iluminada, pero el viejete seguía allí, mirándome con el ceño entre temeroso, fruncido, suspicaz e interesante.
-Verás soy el espíritu de Boabdil. Aunque huí a África con mi corte di instrucciones para que mis cenizas se esparcieran aquí, en este aljibe, para poder estar en Granada, en mi Granada. Si me sigues podrás comprobar que hay un laberíntico sistema de pasadizos y alcantarillado que comunican todo el Albayzín entre sí y con la Alambra. Mi espíritu mora por aquí hasta que la mano toque la llave, ya sabes la leyenda, cuando la mano toque la llave en la Puerta de la Justicia se destruirá la Alhambra y saldrán a la luz los tesoros ocultos por los moros. Pues bien mi querido amigo, te he seleccionado para que contemples estas maravillas y seas su guardián mortal. Podrás utilizar todas las joyas que te sean necesarias para vivir como un hombre rico, pues son inagotables, pero debes preservar el Secreto de las Puertas.
-¿Qué secreto?
-La fuente de los Leones es una de ellas. Cuando los leones se hallan alineados a las siete de la tarde, es decir, cuando ruge agua el séptimo león, se abre un pasadizo en El Patio de los Arrayanes y, si en la Sala de los Secretos se recita la palabra “Maktub”[4] siete veces en la columna Este, se abre una de las puertas. Esta puerta permite volver a la época dorada, en la que todos los hombres eran igualmente ricos, sanos y poderosos. Es como una ventana al tiempo, a la edad de la inocencia primitiva, a ese tiempo en el que todos éramos iguales. No quiere decir esto que hoy en día no lo seamos, ya que la muerte lo iguala todo, pero parecemos diferentes. Mira, te diré una cosa, en mi época convivíamos en Granada hombres de las tres culturas. Había un clima de tolerancia general, y eso se perdió. Pero la vida son ciclos, todo se restituye, todo empieza y todo acaba, pero lo nuestro es pasar...
-¿De verdad existen esas Puertas?
-Por supuesto que existen, los árabes andalusíes ya lo sabíamos y viajábamos en el tiempo para acumular riqueza y poder, sabiduría. Mientras los cristianos tiraban sus excrementos por la ventana al grito de “agua va”, nosotros ya disponíamos de alcantarillado, letrinas, y sistemas hidráulicos de gran precisión. La sabiduría siempre ha estado ahí; siempre estuvo, siempre está y siempre estará. En Granada hay dos grandes Puertas, dos grandes Chakras de la tierra que almacenan gran cantidad de energía y son muy buenos para quien los frecuenta: uno es la abadía del Sacromonte y otro el Patio de los Leones. Esto es algo que me enseñaron mis astrólogos desde niño. Por eso lloré como una mujer al perder Granada, porque perdía la mayor riqueza del mundo. Y por eso he vuelto a morar por esta tierra, para que se pueda preservar el Gran Secreto y éste sea revelado a quien pueda hacer un buen uso de él para la igualdad de los hombres. Te diré una cosa: Dios no hay más que uno, aunque hable todas las lenguas y a todos los pueblos. Todos somos, por tanto, iguales, aunque las leyes kármicas del universo no perdonan. La cuarta verdad que he de revelarte es que la reencarnación existe y que el alma es inmortal. Todo lo encontrarás en El libro Plúmbeo, que para eso fue escrito. Para preservar estas verdades. El Libro Plúmbeo está en Sacromonte, en la Abadía, pero los códigos para descifrarlo los tendrás que hallar por ti mismo con la ayuda de este mapa, tas cruzar la Primera Puerta. Buena Suerte Amigo, sigue por ese pasadizo hacia delante.
Yo seguí por el pasadizo, tibiamente iluminado por una luminosidad de otros mundos. Pasé por pasarelas, riachuelos, alcantarillas y mazmorras, pasé por zonas desconocidas y, si no es por el mapa y por las indicaciones del viejo Boabdil, cuyas babuchas caminaban solas delante mí, no hubiera acertado en tan complejo entramado de esquivos pasadizos... Cuando salí lo primero que vi fue una muralla y, ante mí, el Palacio de Carlos V. Me dirigí hacia los Palacios Nazaríes, pasé por la Sala de la Justicia, por la Sala Dorada, donde un murmullo de agua me tranquilizó, y la siguiente sala por la que pasé fue el Patio de los Arrayanes. Esperé allí pacientemente hasta que dieran las siete. A las siete en punto, yo estaba mirando la alberca cuando en el reflejo vi que la puerta trasera se abría ante mí. Pasé a la sala de los secretos, busqué la columna orientada hacia la Meca y recité la palabra “Maktub” siete veces. Cuando volví al Patio de los Arrayanes había una puerta nueva, junto a la alberca, que bajaba hacia abajo. Lo que me dijo Boabdil el Chico era cierto. Ahora podría atravesar la Puerta y descifrar los enigmáticos Libros Plúmbeos.
[1] Ladrón de Guevara, La malafollá granaína.
[2] El Día de la Cruz es el 3 de mayo
[3] Un ‘pero’ es una manzana; el día de la Cruz a las cruces se les pone una tijera clavada en el pero matar los peros, ya que las cruces compiten en un concurso estético organizado por el Ayuntamiento.
[4] Maktub significa Destino en árabe.

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Thursday, June 09, 2005

Reflexiones sobre la vida diaria

El Hassan

UNA HISTORIA DE HASSAN

Un día estaba yo en mi casa tranquilico, cuando recibí una llamada en la que me ofrecían trabajo, concerté una entrevista y apareció el típico granaíno rancio, un hidalgo venido a menos, de estos inútiles que no saben hacer nada pero estan dispuestos a pagar lo que sea para que los demás les ssaquen las castañas del fuego. Me ofreció un trabajo de media josrnada, de cuatro a nueve, con unos 690 E al mes mas horas extras a nueve euros. Le dije que sí, que aceptaba, pero ya casi lo calé en aquella entrevista y sabía que el tío no era trigo limpio. De todos modos pensé que me vendría bien trabajar un par de meses para poderme comprar una motillo para ir al trabajo mas agusto (chapús). El caso es que lo que ocur´rió fue que fuimos a Alfacar en un Mercedes verde, destartalado, como el del Ra pero echo cachos, tan roto que por el asiento trasero había un agujero que comunicaba directamente con el asfalto en marcha. Fuimos a Alfacar y allí había una tubería de jardincillo, de esas donde se enchufa una manguera, que había reventao por el frío creando una grieta en el muro. Me presentaron a Carlos, el Hassan, que era el chófer, un sevillano que era un cachondo mental y un buscavidas de los buenos. Arreglé el tubo y quedamos en volver otro día para tapar el muro una vez estuviera la grieta seca (una pollada porque luego para echar el cemento hay que mojarla) El caso es que otra tarde volví pero el capullo de mi jefe no me dió herramientas y tuve que tapar la grieta y colocar unos bloques prefabricados con una puta espátula de mierda. Me quedó fatal pero yo se lo dije "Sin ser albañil no me responsabilizo de esto, y mucho menos sin la herramienta adecuada, hubiera necesitado una palustra" por lo que me gané el fugaz mote de "El palustra". Lo de Hassan es porque mi jefe dice que todos somos moros pa el, por eso llama Hassan a to el mundo.

Reflexiones sobre la vida diaria

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Historias de los Capús y su puta madre

Bienvenidos a una trepidante historia pplagada de aventuras reales de un fontanero y sus chapuzas,
todo ello ocurrió realmente, únicamente he cambiado los nombres para evitar alusiones personales pero doy fe de que es así porque el fontanero soy yo y pa eso cobro lo que quiero. En realidad todo empezó cuando hacía chapuzas por mi cuenta. Algunas eran rutinarias, otras memorables. Comenzaré contando lo que me ocurrió en la casa de C. y J. Cuando conocí a C. me resultó extrañamente simpática, pero pensé: "bueno, será buena gente", pero el caso es que era tan buena gente, que me tiró los tejos delante del marido, comiendo lentejas. De repente la conversación fue como sigue:
-Yo: Bueno, eso de los hijos siempre debe ser una alegría.
-C: La verdad es que si me lo hubieran explicado nunca me hubiera casado.
A continuación, J. me mira, la mira a ella y dice:
-J: No, si yo ya se lo que tu harías si no estuvieras casada.
Yo miré el plato de lentejas y empecé a escarbar con la cuchara pensando: "Tierra trágame" al mismo tiempo que pensaba también: "Si no fuera por las circunstancias la verdad es que tien un polvazo la treintañera esta". La próxima me la hizo esa misma tarde, ya que yp andaba con los tubos de cobre por allí y pude verla desnuda, cambiándose y sin cerrar la puerta. Lo hizo a posta y yo ya no sabía donde meterme, porque el marido estaba en la planta de abajo.

Reflexiones sobre la vida diaria

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Wednesday, February 02, 2005

Una clase memorable con S. Buena Ventura

A continuacióntranscribo un trozo memorable de una clase de S. Buena Ventura, es literal: "Señores eh...el conatus de Spinoza es...eh...la voluntad, el impulso, el conatus, conatus es eso, la voluntad...la voluntad de poder...¡Nietzsche! (aquí él pegó un salto y lanzó una mirada suspicaz al auditorio) Nietzsche es un lobo con piel de cordero...¡porque para conocer al lobo, hay que ser lobo!" (frase memorable que no olvidaré nunca)

Friday, January 28, 2005

Cómo librarse de un psicólogo

Por razones diagnósticas que no revelaré aunque mis más allegados y no tan allegados conocen ahora contaré una experiencia personal en primera persona útil para culquier persona inteligente que desee pensar por si misma, sin ataduras mentales de nigún tipo. Veréis, a grandes rasgos la situación fue la siguiente: yo era un alumno de filosofía brillante, que pasaba por una mala época debido a un cúmulo de circunstancias que no supe asimilar bien en su momento. Por todo ello tuve una crisis axiológica (de valores), una crisis existencial en la que tuvo algo que ver el estudio de posturas nihilistas (Nietzsche y Kafka sobre todo). Por todo ello busqué una cura dentro de la filosofía pero me perdí por las sendas del pensar sin encontrar un referente, un punto de apoyo que diera un sentido a mi vida. un buen día reventé, y mi madre me llevó a una psicóloga que en poco tiempo me remitió a ver también a un psiquiatra. Si yo tenía una crisis de escepticismo la psicóloga me reventó la mente diciéndome que lo relativizara todo. El psiquiatra, con su potente medicación me metió en una coraza química, es como una camisa de fuerzas, pero a base de potentes medicamentos que te anulan toda capacidad de pensamiento. Dejé a ese psiquiatra cuando sugirió la posibilidad de someterme a electrochoque. Y busqué otro que ha sido el que me ha curado. De todas maneras lo peor eran las conversaciones estúpidas con aquella psicóloga de mediana edad que era como Maria Teresa Campos pero en versión psicóloga: imaginense contar sus intimidades a una persona así. yo insistía en que mi problema se podía solucionar filosóficamente, ya que para mí era una crisis de escepticismo radical, una crisis de valores. Tuvimos bizantinas disputas filosóficas sobre Sto. Tomás y S. Agustín durante meses dos horas a la semana. La mujer no daba para más, no podía hblar más que por encima de una serie de filósofos cristianos pertenecientes a la patristica católica ( y yo hablando de Nietzsche) Cuendo decía que estaba bien, siempre me venía con algún tecnicismo de tipo diagnóstico psicológico y me decía que tenía que continuar con la terapia. hasta que yo vo que aquello no avnzaba. Me presentaron a un psicólogo especializado en mi problema. fui a verlo y me dió una buena impresión al principio. Yo al menos veía resultados, veía ciertos avances. De todos modos fue una temporada infernal porque me tiré un par de meses viendo a dos psicólogos a la vez (unas cuatro horas semanales dando explicaciones de mi vida y pagando una pasta) Me quedé con éste último, un negro (sin racismos) de Harlem que me hizo avanzar al principio. Este hombre tenía un grupo de terapia de unos diez pacientes con los que hacía excursiones y organizaba comilonas. Viendo el percal y sabiendo que mientras no manejar sus tecnicismos profesionales me tendría que creer lo que ellos me dijeran decidí matricularme en psicología e investigar sobre mi psicopatología en la biblioteca. Como ya era estudiante de psicología el negro me empezó a dejar colaborar con él y me enseñó algo de psicología clínica con el resto de sus pacientes. Yo era un paciente más, pero también me tragaba las sesiones de terapia de otros pacientes y opinaba cuando se me preguntaba. Luego a solas, él me daba recomendaciones y me pedía sugerencias sobre los casos que llevaba. Llegó un momento en que mi hora de terapia consistía en que él se pusiera a contarme casos para que yo lo ayudara a solucionarlos, pero el muy cabrón me seguía cobrando la hora de terapia como si me estuviera ayudando él a mí y no como si yo le sacara a èl las castañas del fuego. Como yo ya no tenía síntomas de mi trastorno mental empecé mi plan de emancipación psicológica, estaba ya harto de tener que justificar cada cosa que hacía. Me aproveché de una serie de incorrecciones cometidas por su parte para deslegitimarlo como profesional al menos ante los ojos de mi madre: para empezar llegó un momento en que yo conocía todas las intimidades de todos sus pacientes ya que el cabrón rajaba y si descargaba conmigo, pero, ¿no implicaba esto que el resto de sus pacientes podían conocer también las mías? Si a ellos no les repetaba el secreto profesional como iba a respetarlo entorno a mi? Nunca he sido tan tonto como para creerme especial en este tipo de situaciones, tiendo a aplicar la lógica del sentido común. Por otro lado cometió un fallo garrafal al dejarme al cargo de un grupo de diez psicóticos conesquizofrenia paranoide en la playa de Castell de Ferro. Uno de los psicóticos, que era una mala bestia, Paco Gordo, que intentaba emularme en todo lo que hacía pero sin conseguirlo (me envidiaba el cabrón, primero empecé a fumar en pipa y él se compró una pipa, luego me dejé perilla y él tambien lo hizo, después me hice fontanero y este año él se está haciendo fontanero, y cuando le tiró los tejos a mi novia lo mandé a tomar por el culo), se enfadó conmigo porque le saqué unas fotos en la playa y le dije en broma que las iba a colgar en internet, estábamos en una cafetería del paseo mrítimo y empezó a gritar, tiró los vasos y empezó a insultarme. El cabrón del psicólogo se había ido a Granada y me dejó solo con este capullo (del resto de la gente no tengo queja, aunque enfermos, son magníficas personas), tuve que aguantar que me tirara una Coca-Cola por encima y reprimirme para no partirle la cara. Cuando volvíamos a Granada (lo hicimos en coches separados) nos llevaba un colega en un coche que nos había prestado el padre de uno de los pacientes. En la guantera encontramos una cinta de Amway, una secta norteamericana de las que te comen la cabeza que decidí mangar y está aún en mi propiedad. No dijimos nada, pero cuando volví a la consulta del negro y me responsabilizó a mí del incidente por no haber sabido controlar a Paco Gordo lo mandé a la mierda. Eso ya era un abuso, y aproveché la indignación de mi madre para sacar partido y librarme del psicólogo. En la última consulta le dije que necesitaba alzar el vuelo por mí mísmo, que necesitaba pensar por mí mísmo, sin ayuda de nadie y sin dar explicaciones. El tipo se indignó, me dijo que siempre estaba con mis filosofías y que lo que tenía que hacer era no pensar y obedecerle, hacer lo que él dijera. Eso ya me tocó las pelotas, bastante tuve con aguantar toda la infancia a los curas de Escolapios. Así que le dije que no volvería, que necesitaba un tiempo para mí, para reflexionar. Aun así mi madre y él me prepararon una encerrona para que fuera 'a despedirme' ya que tanto 'me había ayudado'. En efecto, tal y como sospechaba, era una encerrona, le enumeré delante de mi madre todos los abusos de que había sido objeto por su parte y desmonté sus embestidas con una lógica aplastante. Una vez más mis estudios de filosofía me habían salvado. El seguía diciendo que yo estaba enfermo y no lo sabía y yo le respondí que no podía afirmar tal cosa si yo carecía de los síntomas tipificados en el DSM-IV(la biblia de psicólogos y psiquiatras) para mi enfermedad. Al final le dije que no quería ir a terapia y él me dijo: "Bueno, si no quieres venir yo no te voy a obligar, de todas formas yo considero que..."y lo corté: "Si aceptamos como válido el supesto si no quieres venir no vengas, se da no quiero ir, luego no vengo, es así de simple" Y a eso me agarré, a eso y a todos los informes favorables del psiquiatra que me dijo que carecía de síntomas. La verdad es que tuve suerte y pude pillar a este cabrón en sus mentiras ya que en dos ocasiones atemorizó a mi madre con que yo estaba mal con la mala suerte de que en las dos ocasiones la misma semana me vió el psiquiatra afirmando que yo estaba muy bien de la cabeza.
Y así fué como recuperé mi libertad mental, o libertad de pensamiento, algo que si bien está tipificado como derecho fundamental en la Constitución Española hay que salvaguardar vigilantemente debido a las sutilezas de desaprensivos de esta calaña como este psicólogo negro: J. M. J., nunca vayan ustedes a su consulta. Una vez más, la filosofía me había salvado.

q.e.e.
(quod erat explanandum)

El Hermeneuta II

Ahora contaré otra anecdota de nuestro querido Hermeneuta que aconteció en segundo, en una clase de Lenguaje y Hermeneútica. Eran los primero días de clase y dijo: "Señores, entréguenme las fichas cuanto antes porque me estoy aprendiendo sus nombres para conocerlos mejor, me gusta tener un trato cercano con los alumnos (pura retórica) . Hoy he empezado a aprenderme los nombres que empiezan por W, así los puedo saludar por sus nombres, buenos días Helena, ¿qué tal esá usted esta bella mañana?" Evidentemente, Helena, a la que después del incidente bautizamos como Welena, era una rubia explosiva de curvas sinuosas. Lo que más costaba en las clases de este hombre era escuchar cosas así a diario y mantener la compostura sin descojonarte de risa. Aquél día fue memorable.

q.e.e.
(quod erat exponiendum)

La historia de S. Buena Ventura

El nombre es ficticio pero se trata de un personaje real y de una historia real, de esas que ocurren en mi grotesca universidad. S. Buena Ventura es un profesor viejo, catedrático, con un ojo de cristal. Cuando era joven era comunista, militaba en el P.C. y trajo al neomarxista Althusser a España en tiempos de Franco. Pero un día tuvo un accidente de coche y vió a la Virgen María, que le pidió que creyera en Dios. Hoy en día es uno de los miembros del Opus Dei más importantes e influyentes de mi pequeña localidad. No ve nada, y sus exámenes los corrige su mujer. Recuerdo que en una ocasión nos repitió la misma clase tres días seguidos, era sobre Spinoza creo, y que nos divertía en clase contándonos historias acerca de cómo los romanos torturaban y mataban a los mártires cristianos. Ya seguiré contando historias de este personaje, del cual dejo una genial frase: "Lo importante es llegar a ser, porque un instante de ser es eterno"

Aventuras en la Universidad

¿Oye Roscelino y no te apetecería quedarte en la Universidad? Razones para decir que no a tamaña indiscrección: "Pero bueno, ¿me has visto cara de tonto o qué? ¿tengo cara de persona que se pueda explotar?" La verdad, en un mundo universitario sórdido, como es el español, un mundo en el que todos sabemos que lo que realmente cuenta a efectos de expediente es la prominencia y grado de bulto de las dos turgencias fundamentales o el grado de parentesco que tengamos con el que maneja el chiringo de turno simplemente prefiero opositar. Prefiero irme a un instituto y ser feliz antes que aguantar una lista interminable de vejaciones. Estas son las razones por las que desisto de aspirar a hacer un doctorado e intentar quedarme, aunque la razón fundamental es que tambien soy fontanero y no los necesito.
Ahora comentaré algo sobre algunos profesores que he tenido, y que siguen todavía en activo en nuestra "imperial" Universidad de Granada:
Aún recuerdo mi primera clase de Teoría y practica de comentario de texto. El tipo que nos daba clase era un catedrático viejo, eminente y egregio, que lo primero que nos dijo es que nos replanteáramos segir estudiando la carrera. La filosofía es dura, difícil, es como navegar en un barco, es marearse y correr el riesgo de ser absorvido por la noche oscura del escepticismo, ese agujero que nos atrapa y del que no es fácil salir, se puede perder la cordura en el intento. A continuación siguió comentanto aquel diálogo entre Calicles y Sócrates y de repente se paró en la palabra "cosa". Miró a la tía más buena de mi clase y dijo: "Señores, aquí la palabra 'cosa' tiene un sentido...¿cómo diría yo...? como si dijéramos....señorita, usted es una cosa bella, una cosa bonita. Me viene a la memoria aquel bello soneto de Quevedo y se lo voy a recitar...creo que su belleza lo merece:

Amor constante más allá de la muerte
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido:
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Continuó el abuelo con la clase mientras mis compañeras estaban iluminadas por tanto halago, embobadas, escuchándolo. Y terminó la clase, y yo , que estaba en primera fila, pude ver como el viejo fingía tropezarse con el escalón del encerado y se abalanzaba sobre las tetas de la tia buena de mi clase mientras decía : "Perdone, disculpe, he tropezado..." Yo no podía parar de reír, esa clase fue mi primer día en la facultad. Ya seguiré contando anécdotas de este personaje, que para no ofender bautizaremos como EL Hermeneuta.